El Sol, la Luna y las Estrellas


The_Moon__The_Sun_and_the_Star_by_Fold_Eleme

Desde antiguo la Iglesia cristianizó los astros y diferentes realidades celestes que en las religiones politeístas representaban a dioses o hijos de titanes.

Jesucristo comenzó a ser aclamado como Sol Invicto –por su Resurrección, símil del Sol que al declinar el día muere dando paso a la noche y triunfante vuelve a nacer por el horizonte con el nuevo día… dando calor de vida– y la Virgen María y toda la Iglesia, que la tiene por modelo, como Luna –pedestal que a sus pies revela su grandeza y dignidad, su papel también protagonista en la historia de la salvación–.

La Luna se caracteriza porque, como cualquier astro, no ilumina –no tiene luz propia– sino que refleja la luz de la estrella. Y eso mismo es lo que hizo María en la procesión hacia Ein Karem, llevar la luz portándola en sus entrañas virginales para no iluminar ella sino el Hijo bendito de su vientre. Se podría decir que ella como Luna, gira en torno a la tierra, brindando su protección maternal, y que junto a la Iglesia tiene a Cristo por centro y referencia en el movimiento vital.

Me gustaría poner otra comparación, haciendo referencia a las estrellas y su origen, formación, etc. Me parece correcto comparar la Iglesia con una gran nebulosa, en la que se forman diferentes tipos de estrellas, no iguales ni en tamaño ni en otras variables. Pero, todas –tanto las explosivas supernovas como las estrellas más resistentes del universo, cuya luz nos llega aun estando a muchísimo años luz, y están brillando y no llegamos a tener la certeza de que sigan vivas– tienen una meta en su vida: iluminar con la luz que se generan al transformar el hidrógeno del que están hechas en helio.

Así Cristo da a luz en la Iglesia a estrellas que son los santos, que iluminan, no con luz propia sino con la luz interior que reciben de Dios que habita en cada bautizado y le ordena a la santidad. Cristo engendra en la Iglesia nuevas estrellas, cada una tiene un color de luz, que delata su composición, una edad y tamaño,… Estamos formados por materia de estrellas… de veras, por ello tenemos también la vocación y misión de iluminar, de brillar con la luz, no propia, sino que Cristo nos regala y hacerlo para los demás.

Hace algunos años, el obispo de entonces nos explicó las características esenciales de los santos… una anécdota de un niño que decía que los santos son transparentes porque los que él conocía estaban representados en las vidrieras de la Iglesia… pero, d. José nos explicó que los santos dejan pasar la luz al interior de la Iglesia, iluminan con una luz que no es propia, pero que no se quedan para ellos… dejan pasar la luz interior de Cristo. Ojalá también nosotros hagamos lo mismo.

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